
La Revolucion del Siglo XX.
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El siglo XX ha sido particularmente convulso, lleno de violencias, revoluciones y brutalidad, unido también a un progreso económico y científico-técnico considerable que ha llevado al hombre a las cotas más altas de su desarrollo material. Ese siglo ha estado precedido por un período de crecimiento y relativa integración económica internacional. Sin embargo, durante ese mismo período se fueron gestando las rivalidades entre las grandes potencias, fundamentalmente a partir del Congreso de Berlín en 1885, y que más tarde tendría como consecuencia la Primera Guerra Mundial. Asimismo, la liquidación de los imperios dio lugar a una reordenación del mapa de Europa y a la aparición de nuevos focos de inestabilidad, con la existencia de revueltas y procesos revolucionarios, unido a la emergencia de diversos movimientos totalitarios. A esto hay que añadir las crisis económicas que sacudieron a la mayor parte de los países, y que hicieron que las diversas naciones recurrieran a políticas económicas aislacionistas. El escenario económico de crisis se dio en dos tiempos: inmediatamente después de la Primera Guerra Mundial, y tras el crack del 29. La caída de la inversión, la producción y el comercio, junto al aumento de desempleo y la disminución del nivel de vida en la población incrementó la inestabilidad política y provocó en cierto modo el establecimiento de regímenes totalitarios. Juntamente con la Primera Guerra Mundial se produjo una revolución política en Rusia, la cual puso fin al imperio zarista sustituyéndolo por un tipo de Estado que aspiraba a construir el comunismo, además de tener claras pretensiones por exportar su revolución al resto del mundo. Esta nueva realidad provocó la hostilidad de gran parte de los países occidentales, de manera que se podría decir, como así lo han hecho algunos autores, que la guerra fría comenzó con la revolución bolchevique, y únicamente fue interrumpida puntual y coyunturalmente por la Segunda Guerra Mundial.[1] Sin embargo, la aparición de la Unión Soviética como nuevo régimen político en Rusia no puede reducirse a la simple relación entre un proyecto y su puesta en práctica, o entre una ideología (el comunismo como conjunto de ideales) y una realidad (el comunismo como modelo concreto de organización social que existe o ha existido). Más bien cabría decir que el régimen soviético nació como fruto del desarrollo de la sociedad rusa conforme a unas leyes sociales objetivas: “La ideología nació en unas condiciones históricas determinadas, con un material humano determinado. El comunismo realizado, en cambio, nació en unas condiciones históricas muy distintas, con otro material humano, y no en el centro, sino en la periferia de la civilización occidental. Nació y se formó obedeciendo a unas leyes sociales objetivas que nada tenían en común con las de la ideología. Se creó así una contradicción original que, andando el tiempo, sería una de las causas de la quiebra de la ideología marxista”.[2] Por todo esto se puede decir que existe una cierta continuidad histórica entre la política internacional de la Rusia zarista y la que, tras la Revolución, desarrollarían los bolcheviques una vez formada la Unión Soviética. Asimismo, en lo que a esto se refiere, el marxismo-leninismo junto al internacionalismo sirvieron como coartada ideológica para el expansionismo ruso y sus pretensiones geopolíticas en el mundo, las mismas que la Unión Soviética heredó del régimen prerrevolucionario. En este sentido se hizo justificable la industrialización forzosa del país de cara a resistir la amenaza occidental, unido a la doctrina de socialismo en un solo país promovida por el XIV Congreso del PCUS, con la que la Unión Soviética se convertiría en el modelo y referente político mundial del movimiento obrero. Por así decirlo, la URSS, según esta teoría, debía ser la base y el soporte de la futura revolución mundial, y ello debía reflejarse en la asistencia al movimiento obrero y el apoyo a la revolución en otros países. El socialismo en un solo país marcó la estrategia de la Unión Soviética proveyéndole de una creciente proyección internacional. Esto se llevó a cabo tanto por medios diplomáticos como a través de la Komintern. Esta última, a modo de Internacional Comunista, serviría como una red internacional a través de la que dirigir al conjunto del movimiento obrero internacional, orientándolo de forma favorable a la estrategia e intereses soviéticos, y sirviendo también como red de espionaje y acción política. Por otra parte, en el contexto del período de entreguerras fue significativa la política de las potencias occidentales, y muy en particular de las potencias marítimas encarnadas por Gran Bretaña y Estados Unidos, en la medida en que con la aparición de regímenes fascistas en Europa central intentaron, a través de su política exterior y su diplomacia, orientar a dichos países contra la Unión Soviética. Sin embargo, en términos geohistóricos y geopolíticos, la alianza entre la Italia fascista y el III Reich fue del todo contranatural. Si históricamente ya desde Otón I ha predominado en Alemania una tendencia insatisfecha hacia el Imperio, teniendo como propósito consolidarse como potencia hegemónica en Europa, esta se ha proyectado geopolíticamente sobre Italia, dándose de bruces en repetidas ocasiones contra la realidad adversa de los hechos.[3] La proyección meridional de Alemania con la formación de una alianza con la Italia fascista, respondía a la tradicional mentalidad de la elite política germana por buscar en Italia la consagración de su jerarquía y el dominio sobre el continente. Esta fuerza geopolítica ha chocado irremisiblemente con el sentido geohistórico general que sitúa en el Este, y no en el Sur, la tendencia geopolítica natural del país germano. El frágil y endeble sistema de equilibrio construido después de la Primera Guerra Mundial terminó quebrando, motivado en gran parte por la crisis mundial en curso, unido a la tensión política, social y diplomática existente. La guerra civil española fue un ensayo, un preludio si se quiere, de la posterior Segunda Guerra Mundial. Estallada la Segunda Guerra Mundial se terminaron produciendo nuevas alianzas contranaturales, esta vez entre la URSS y los angloamericanos. Es destacable que durante la contienda las potencias fueron repartiéndose sus respectivas áreas de influencia, y que en ningún caso se le puede atribuir por completo a la Unión Soviética la instauración de regímenes satélites por métodos no democráticos, ya que los angloamericanos recurrieron a prácticas igualmente no democráticas, como fue el caso de Italia en colaboración con la mafia siciliana, depurando para ello a los elementos ideológica y políticamente menos afines de la resistencia. De forma también muy similar se hizo también en el caso francés imponiendo a De Gaulle como líder de la Francia libre, llegando con todo ello, y al menos en el caso de Italia, a transgredir algunos de los acuerdos alcanzados con los soviéticos.[4] Con el fin de la Segunda Guerra Mundial se dieron diversos procesos de descolonización, a la vez que se implantaba a nivel mundial un sistema bipolar, de forma que ambos bloques dieron lugar a una guerra fría en la que el enfrentamiento se limitaba a guerras periféricas apoyando cada uno a diferentes bandos. Pese a que la Unión Soviética terminó derrotada por diferentes factores externos que ocasionaron su desplome, siendo el fundamental la superioridad militar de EE.UU., los propios EE.UU. también padecieron los efectos negativos de esta competición a través de la guerra de Vietnam, la creciente insatisfacción social, los problemas económicos agravados por la guerra, los crecientes déficit presupuestarios, además del endeudamiento público y la inflación. Habitualmente se argumenta que el fracaso del sistema soviético se debió, fundamentalmente, a un fracaso en el plano económico en su competición con Occidente. Pero esto no es cierto si se tiene en cuenta que el criterio utilizado en la URSS para organizar la actividad productiva de los ciudadanos partía de un enfoque social. Mientras una sociedad capitalista se conduce por los criterios de la ciencia económica, basados en la relación entre gastos y resultados de una actividad, en la sociedad soviética prevalecían los criterios sociales con el objetivo de cubrir unas necesidades exteriores a la economía. Fue precisamente esto lo que garantizó unos estándares de vida aceptables. Por último destacar que, en la medida en que la URSS comenzaba a declinar en los 80, se daba igualmente una emergencia del mundo islámico en las relaciones internacionales, y de forma muy especial con la revolución iraní en 1979, fenómeno político que supo adecuar los requerimientos materiales y tecnológicos propios de una sociedad industrial a los principios fundamentales del Islam y de un tipo de sociedad tradicional.[5] Este fenómeno, a la vez político y religioso, representa, actualmente, el principal foco de resistencia contra el mundialismo, el cual ha desarrollado un proceso revolucionario y transformador que encuentra en la justicia social y en una concepción antagónica a la noción moderna de la igualdad su principal fuerza motriz en la sociedad.
El siglo XX ha sido particularmente convulso, lleno de violencias, revoluciones y brutalidad, unido también a un progreso económico y científico-técnico considerable que ha llevado al hombre a las cotas más altas de su desarrollo material. Ese siglo ha estado precedido por un período de crecimiento y relativa integración económica internacional. Sin embargo, durante ese mismo período se fueron gestando las rivalidades entre las grandes potencias, fundamentalmente a partir del Congreso de Berlín en 1885, y que más tarde tendría como consecuencia la Primera Guerra Mundial. Asimismo, la liquidación de los imperios dio lugar a una reordenación del mapa de Europa y a la aparición de nuevos focos de inestabilidad, con la existencia de revueltas y procesos revolucionarios, unido a la emergencia de diversos movimientos totalitarios. A esto hay que añadir las crisis económicas que sacudieron a la mayor parte de los países, y que hicieron que las diversas naciones recurrieran a políticas económicas aislacionistas. El escenario económico de crisis se dio en dos tiempos: inmediatamente después de la Primera Guerra Mundial, y tras el crack del 29. La caída de la inversión, la producción y el comercio, junto al aumento de desempleo y la disminución del nivel de vida en la población incrementó la inestabilidad política y provocó en cierto modo el establecimiento de regímenes totalitarios. Juntamente con la Primera Guerra Mundial se produjo una revolución política en Rusia, la cual puso fin al imperio zarista sustituyéndolo por un tipo de Estado que aspiraba a construir el comunismo, además de tener claras pretensiones por exportar su revolución al resto del mundo. Esta nueva realidad provocó la hostilidad de gran parte de los países occidentales, de manera que se podría decir, como así lo han hecho algunos autores, que la guerra fría comenzó con la revolución bolchevique, y únicamente fue interrumpida puntual y coyunturalmente por la Segunda Guerra Mundial.[1] Sin embargo, la aparición de la Unión Soviética como nuevo régimen político en Rusia no puede reducirse a la simple relación entre un proyecto y su puesta en práctica, o entre una ideología (el comunismo como conjunto de ideales) y una realidad (el comunismo como modelo concreto de organización social que existe o ha existido). Más bien cabría decir que el régimen soviético nació como fruto del desarrollo de la sociedad rusa conforme a unas leyes sociales objetivas: “La ideología nació en unas condiciones históricas determinadas, con un material humano determinado. El comunismo realizado, en cambio, nació en unas condiciones históricas muy distintas, con otro material humano, y no en el centro, sino en la periferia de la civilización occidental. Nació y se formó obedeciendo a unas leyes sociales objetivas que nada tenían en común con las de la ideología. Se creó así una contradicción original que, andando el tiempo, sería una de las causas de la quiebra de la ideología marxista”.[2] Por todo esto se puede decir que existe una cierta continuidad histórica entre la política internacional de la Rusia zarista y la que, tras la Revolución, desarrollarían los bolcheviques una vez formada la Unión Soviética. Asimismo, en lo que a esto se refiere, el marxismo-leninismo junto al internacionalismo sirvieron como coartada ideológica para el expansionismo ruso y sus pretensiones geopolíticas en el mundo, las mismas que la Unión Soviética heredó del régimen prerrevolucionario. En este sentido se hizo justificable la industrialización forzosa del país de cara a resistir la amenaza occidental, unido a la doctrina de socialismo en un solo país promovida por el XIV Congreso del PCUS, con la que la Unión Soviética se convertiría en el modelo y referente político mundial del movimiento obrero. Por así decirlo, la URSS, según esta teoría, debía ser la base y el soporte de la futura revolución mundial, y ello debía reflejarse en la asistencia al movimiento obrero y el apoyo a la revolución en otros países. El socialismo en un solo país marcó la estrategia de la Unión Soviética proveyéndole de una creciente proyección internacional. Esto se llevó a cabo tanto por medios diplomáticos como a través de la Komintern. Esta última, a modo de Internacional Comunista, serviría como una red internacional a través de la que dirigir al conjunto del movimiento obrero internacional, orientándolo de forma favorable a la estrategia e intereses soviéticos, y sirviendo también como red de espionaje y acción política. Por otra parte, en el contexto del período de entreguerras fue significativa la política de las potencias occidentales, y muy en particular de las potencias marítimas encarnadas por Gran Bretaña y Estados Unidos, en la medida en que con la aparición de regímenes fascistas en Europa central intentaron, a través de su política exterior y su diplomacia, orientar a dichos países contra la Unión Soviética. Sin embargo, en términos geohistóricos y geopolíticos, la alianza entre la Italia fascista y el III Reich fue del todo contranatural. Si históricamente ya desde Otón I ha predominado en Alemania una tendencia insatisfecha hacia el Imperio, teniendo como propósito consolidarse como potencia hegemónica en Europa, esta se ha proyectado geopolíticamente sobre Italia, dándose de bruces en repetidas ocasiones contra la realidad adversa de los hechos.[3] La proyección meridional de Alemania con la formación de una alianza con la Italia fascista, respondía a la tradicional mentalidad de la elite política germana por buscar en Italia la consagración de su jerarquía y el dominio sobre el continente. Esta fuerza geopolítica ha chocado irremisiblemente con el sentido geohistórico general que sitúa en el Este, y no en el Sur, la tendencia geopolítica natural del país germano. El frágil y endeble sistema de equilibrio construido después de la Primera Guerra Mundial terminó quebrando, motivado en gran parte por la crisis mundial en curso, unido a la tensión política, social y diplomática existente. La guerra civil española fue un ensayo, un preludio si se quiere, de la posterior Segunda Guerra Mundial. Estallada la Segunda Guerra Mundial se terminaron produciendo nuevas alianzas contranaturales, esta vez entre la URSS y los angloamericanos. Es destacable que durante la contienda las potencias fueron repartiéndose sus respectivas áreas de influencia, y que en ningún caso se le puede atribuir por completo a la Unión Soviética la instauración de regímenes satélites por métodos no democráticos, ya que los angloamericanos recurrieron a prácticas igualmente no democráticas, como fue el caso de Italia en colaboración con la mafia siciliana, depurando para ello a los elementos ideológica y políticamente menos afines de la resistencia. De forma también muy similar se hizo también en el caso francés imponiendo a De Gaulle como líder de la Francia libre, llegando con todo ello, y al menos en el caso de Italia, a transgredir algunos de los acuerdos alcanzados con los soviéticos.[4] Con el fin de la Segunda Guerra Mundial se dieron diversos procesos de descolonización, a la vez que se implantaba a nivel mundial un sistema bipolar, de forma que ambos bloques dieron lugar a una guerra fría en la que el enfrentamiento se limitaba a guerras periféricas apoyando cada uno a diferentes bandos. Pese a que la Unión Soviética terminó derrotada por diferentes factores externos que ocasionaron su desplome, siendo el fundamental la superioridad militar de EE.UU., los propios EE.UU. también padecieron los efectos negativos de esta competición a través de la guerra de Vietnam, la creciente insatisfacción social, los problemas económicos agravados por la guerra, los crecientes déficit presupuestarios, además del endeudamiento público y la inflación. Habitualmente se argumenta que el fracaso del sistema soviético se debió, fundamentalmente, a un fracaso en el plano económico en su competición con Occidente. Pero esto no es cierto si se tiene en cuenta que el criterio utilizado en la URSS para organizar la actividad productiva de los ciudadanos partía de un enfoque social. Mientras una sociedad capitalista se conduce por los criterios de la ciencia económica, basados en la relación entre gastos y resultados de una actividad, en la sociedad soviética prevalecían los criterios sociales con el objetivo de cubrir unas necesidades exteriores a la economía. Fue precisamente esto lo que garantizó unos estándares de vida aceptables. Por último destacar que, en la medida en que la URSS comenzaba a declinar en los 80, se daba igualmente una emergencia del mundo islámico en las relaciones internacionales, y de forma muy especial con la revolución iraní en 1979, fenómeno político que supo adecuar los requerimientos materiales y tecnológicos propios de una sociedad industrial a los principios fundamentales del Islam y de un tipo de sociedad tradicional.[5] Este fenómeno, a la vez político y religioso, representa, actualmente, el principal foco de resistencia contra el mundialismo, el cual ha desarrollado un proceso revolucionario y transformador que encuentra en la justicia social y en una concepción antagónica a la noción moderna de la igualdad su principal fuerza motriz en la sociedad.
[6] [1] Barbé, Esther, Relaciones Internacionales, Madrid, Tecnos, 2003, p.272
[2] Zinoviev, Alexander, La caída del imperio del mal, Barcelona, Bellaterra, 1999, pp. 26-27
[3] Vives, Vicens, Tratado general de geopolítica, Barcelona, Vicens Vives, 1981, pp. 22-24
[4] Pauwels, Jacques, El mito de la guerra buena, Estella, Hiru, 2002, pp. 118-136
[5] Morales, Gustavo, El Irán del Imam Jomeini, Madrid, Biblioteca Universitaria, 1988
[6] Qeutb, Sayyid, Justicia social en el Islam, Córdoba, Almuzara, 2007

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